Una historia de superación

Los que hacen Córdoba: Paco Reina, el «encantador de máquinas»

Francisco Reina es el fundador del grupo Pymar, con sede en el polígono de las Quemadas. La empresa ofrece actualmente máquinas de envasado y panadería. Entre las de envasado algunas como dosificadoras, pesadoras o cerradoras. Entre las de panadería están los hornos, dropadoras o máquinas de preparación de masa. Gracias a sus líneas se elaboran desde fertilizantes a salmorejos.

Los que hacen Córdoba: Paco Reina, el «encantador de máquinas»

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Francisco Reina nació el 14 de marzo de 1956 en Córdoba, se crió en el barrio de Electromecánicas y tuvo multitud de estudios variopintos y complementarios. Todos ellos desembocaron en una persona creativa, con inventiva, capaz literalmente de echar a andar a cualquier máquina desahuciada, o de descubrir nuevas utilidades inesperadas en algunas. Sería, parafraseando el título de la famosa serie, 'El encantador de máquinas'. O sea, aquel que desentraña cualquiera de sus secretos. Delineante, químico e ingeniero, puso en marcha, entre otros, al conocido Grupo Pymar, además de ser decisivo en las patronales del sector del metal.

Paco Reina
Fundador del Grupo Pymar

– ¿Dónde nació?

– Nací en San Pedro y me bautizaron en la catedral. Me crié unos años en el barrio de la Catedral, tirando para la Plaza de Abades. Esa zona era muy distinta a la actual, de hecho Cardenal González era una calle de prostitución. Pero yo con cuatro años me fui a Electromecánicas. Mi padre trabajaba allí y le dieron una casa en la barriada vieja, que así se llamaba. Aquello era como un pueblo. El sargento de la Guardia Civil y el cura eran los prebostes. En realidad eran tres barrios, alejados de la ciudad, por eso funcionaban como un pueblo.

– En una época muy distinta para los niños, que dejaban jugar o ir a lo suyo sin supervisión paterna, algo impensable hoy y que llegó hasta los 80 ó primeros 90.

– Cuando ibas a la escuela y volvías te ibas a jugar. Pero es que en vacaciones yo salía de mi casa a las nueve de la mañana, volvía para comer, comía y salía a jugar otra vez hasta por la noche. Todo el día en la calle. También es verdad que aquello era muy tranquilo. Yo además era un niño que padecía polio. Me dio con 18 meses. Estaba inválido de cintura para abajo. Gracias al tesón de mi madre, que fue como una madre leona que me llevó a Madrid y otros muchos sitios, consiguió que me recuperara de una pierna completamente. En la otra me quedaron secuelas, pero recuperé el poder andar. Yo hacía deporte igual. Era muy bueno. Tenía mucha mala leche jugando, porque claro, si yo no hacía correr al otro...el otro me hacía correr a mí, por lo que tenía que ser muy fino para jugar y ganar. Siempre he sido bastante competitivo. Años antes, como tenía polio, me hacían muchos regalos. Y todos los que llegaban a mí...acababan desmontados. Así que ya de niño se veía un poco cómo iba a ser de adulto.

– ¿Dónde estudió de chico?

– Estudié en el colegio San José, de la barriada de Electromecánicas. Con once años empecé a irme a un taller que había de joyería. Pero con trece le dije a mi madre que quería jugar por las tardes y me dejó. Allí había recibido mi primer sueldo. Como yo era de entre mis amigos el único que trabajaba con 16 ya tenía una moto, una Bultaco Junior. Y con 18 ya tenía un coche, un Simca 1200 de aquella época. Cuando me tocaba entrar en la escuela de aprendices a los 14 años...la cerraron. Era una escuela que te enseñaba precisamente para trabajar allí en Electromecánicas, aunque parte de los aprendices también iban para Cenemesa. Así que hice delineante. Una vez terminé hice la rama química de formación profesional. Eran cinco años. Creo que soy de las pocas personas a la que les encanta la química. Pero es que cualquier proceso surge de ella. Tenía un profesor muy curioso, Segundo Caballero, que nos dejaba a los alumnos pequeñas tablas periódicas para llevárnosla a casa incluso. De mirarla y verla solamente me la sé entera hoy día, pero con electrones, valencias...todo. A la vez que hacía química trabajaba en una joyería de los hermanos Romero y Cruz Conde. También estuve trabajando en Europapel en esta época. Desde los 14 años siempre estuve estudiando y trabajando.

– Todo el día liado.

– En invierno dormía cuatro horas y en verano ocho. Vengo de familia humilde. Trabajabas ocho horas, desplazándote de un lado a otro con lo que podías y luego estudiabas. Primero hice delineación, luego química y más tarde ingeniería técnica industrial en la rama de maquinaria eléctrica. Mis compañeros alucinaban. El profesor decía: "estoy aquí para lo que necesiten, pero si no estoy yo le pueden preguntar a su compañero Reina". Claro, yo tenía detrás cinco años de laboratorio químico. Al final de los estudios había un proyecto que no quería hacer nadie. Se trataba de desarrollar un motor de laminación de cien caballos para corriente continua. No daban formación para abordarlo, así que durante un año tuve que irme a Santander etc. Al final dejé los datos sobre la mesa. También estuve diseñando muebles seis meses mientras estudiaba y trabajaba. Finalmente terminé trabajando en lo que sería Resur, estaba antes de entrar en Villarrubia aunque luego se mudaron a Córdoba.

– ¿En qué puesto trabajaba?

– De ingeniero. Tuve un superior que era maravilloso. Me enseña un montón de maquinaria y me dice que no sirve. Y que mi trabajo consistía en hacer que esa maquinaria haga lo que tiene que hacer, y que donde no llegase tendría que hacer otras. Y era maquinaria formada por restos de todo lo que había allí. Había la tira de maquinaria de azulejos y de todo. Yo podía tocar y desmontar lo que quisiera. Y fue cuando se empezó a hacer los materiales de piedra compactada, que es más o menos lo que termina siendo el silestone. Me ofrecían dos mil pesetas cada día que trabajaba. A veces me veían trabajando en domingo y me preguntaban que qué hacía allí. Y les contestaba que había llegado a ese acuerdo por día, mientras más días...más dinero. Así llegaba a 60.000, cuando los trabajadores normales y corrientes superaban las 90.000. En un momento dado la empresa dependía de la llegada de unas ayudas de la Junta de Andalucía. Me preguntaron que qué opinaba. Y fui el único que dijo que se cerrase la empresa hasta que llegase el dinero. Y entonces ir contratando a los trabajadores necesarios. Un superior me dijo ¿puedo plantear eso en la junta directiva? Y le dije que por supuesto. Me advirtió que me ganaría enemigos, pero a mí los enemigos no me importan. Ya desde los 16 era sindicalista, de los de bocao. Un rojo de pro de aquella época. Había muy buena gente de CCOO entonces en Electromecánicas y Cenemesa. Al final conseguí todo lo solicitado con la maquinaria hasta el punto de que la cadena era mejor que los trabajadores con la mano, lo que significó que tuvieran que quitar a gente. Pero eso es algo que he aprendido con mi trabajo de ingeniero: si la tecnología avanza hay puestos de trabajo que hay que reciclar.

– ¿Y tras esta experiencia?

– Me enteré de que buscaban un ingeniero en Cardi, en Palma del Río, que se dedicaba a la construcción de maquinaria refinadoras, o las que hacían los colines de pan. Conseguí poner a esa empresa número uno a nivel nacional. Gané mucho dinero, porque además de mi sueldo cobraba un diez por ciento por cada máquina que salía. Llegué a ocuparme prácticamente de todo salvo del banco. Hubo un año que facturamos 34 millones de las pesetas de entonces. Y llegamos a un acuerdo. Si conseguíamos cien millones se pagaba una determinada cantidad a todos los trabajadores. El 23 de diciembre del año 90 me llama un cliente desde Chiclana. No le funcionaba una maquinaria. Y justo esa era la maquinaria que nos haría llegar a cien millones. El día 24, cuando empezábamos nuestras vacaci0nes, salí a las seis de la mañana con un mecánico. Y volvimos a las seis de la tarde con el cheque firmado con la fecha puesta. Lo conseguimos. Le presenté a mi jefe el cheque y mi carta de dimisión, puesto que arrastrábamos ya problemas graves desde hacía tiempo.

– ¿Qué hizo entonces?

– Yo digo que pasé un año sabático, aunque en realidad estuve diseñando muebles con mi cuñado. Digo año sabático porque me quité del medio de las empresas. Pero hice lo que me enseñaron en la Universidad, donde me inculcaron que debía pasar años y años aprendiendo todo de las empresas hasta poder poner la propia con unos 35. Y así fue. Fundé FRG Proyectos y Maquinaria en Peñarroya-Pueblonuevo. Me fui allí porque había ciertas facilidades de ayudas de la Junta previas condiciones, algunas de ellas leoninas. Dejaba entrar a los sindicatos...hasta que empezaron algunos problemas. Entonces les dije, "¿veis esa línea? a partir de ahí no se cruza". Tuve también multitud de problemas con algunos empleados.

– Había sido usted un sindicalista de bocao. ¿Qué pasó con ese impulso sindicalista juvenil ante estos acontecimientos?

– Se perdió completamente. Además en aquellos tiempos descubrí que el dinero no era lo importante en la vida, sino los amigos y las personas a las que quieres. Y es que además después de unos cuantos años en FRG me volví un poco chuleta y fanfarrón. Estaba AVE para allá, AVE para acá, con ministros, con consejeros...y los papeles no digo que se pierdan pero sí que se desdibujan. Mis amigos llegaban a decirme que me estaba volviendo un poco cabrón. Eso me sirvió para corregirme.

– De hecho del sindicalismo pasó a ser incluso responsable de la patronal, Asemeco, antes de participar en la fundación de Metalcórdoba.

– Durante más de veinte años no me perdí una junta directiva. También la presidí en una época reciente, convulsa, con muchos problemas, hasta el punto de que una serie de personas fundamos Metalcórdoba, que tiene poco más de un año.

– Retomando el origen de sus empresas...

– Pues estuve con FRG Peñarroya del 91 al 2007. En el 97 puse en marcha en Córdoba Pymar, que significa Proyectos y Maquinaria Reina. También en Peñarroya, pero nos vinimos aquí para el 2005. Estoy por cierto muy orgulloso de esa "R" final. También monté a partir del 2000 la empresa 'ITEPACP', que es Innovación Tecnológica en Procesos Agroalimentarios Corporación Pymar.

– ¿Como ingeniero se queda por cierto con algún tipo de trabajo para algún sector concreto en materia de diseño?

– Ninguno. Pero por un motivo muy sencillo. Trabajamos con sistemas modulares, o sea, con piezas que se desmontan y se van ensamblando. Son prácticas y funcionales. Además muchas veces los diseños te salen por un error. Ves de pronto que algo ha hecho algo que ni habías imaginado. Y te quedas pensando en la manera de que eso lo haga forzosamente todas las veces.

– ¿Qué características cree que ha de tener un empresario para tener éxito en una empresa?

– Ser bastante humilde y saber reconocer a donde no llegas y cuáles son tus carencias y también tus fortalezas. No debes sentirte un Dios, sino reconocer que muchos otros pueden saber mucho más que tú. También tienes que estar dispuesto a tomar decisiones duras e incómodas. Ser un jefe es muy complicado, porque tienes en tus manos el modo de vivir de muchas personas. También hay que anteponerse a los cambios y tener un planteamiento creativo y de innovación. Hay que intentar por otra parte que exista buen ambiente en la empresa, en cierto modo como si fuera una familia feliz.

– ¿Y en cuanto a características que impiden el buen desarrollo de la labor empresarial?

– La soberbia, la prepotencia, o ser un sociópata, que los hay.

– ¿Qué trabas cree que pone Córdoba a sus empresarios?

– Hasta hace pocos años era un mercado complicado. Se dice que somos senequistas, muy orgullosos y que no reconocemos la valía de la gente de nuestro entorno, aunque se la reconozcan en otros sitios.

– Dice hasta hace pocos años, así que ahora sí hay ventajas...

– Ahora mismo Córdoba es fantástica. Tenemos una industria agroalimentaria potente con la que podemos comernos el mundo. Tenemos una industria de innovación, robótica y 4.0 bastante fuertes también. Córdoba ha dado un enorme cambio de un tiempo a esta parte. Hay mucha creatividad y grandes oportunidades con ser en primer lugar un centro de distribución, y en segundo con la base logística, que va a requerir personal muy cualificado.

– ¿Cómo ve el futuro del grupo Pymar?

Llevo un año jubilado, y desde que me he ido va mejor [ríe]. No tengo hijos, pero se queda en buenas manos, en las de mi sobrino nieto Gonzalo.