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Las fábricas de paños en el siglo XIX

Ricardo de Montis habla sobre la industria de la fábrica de paños existentes en Córdoba.

Las fábricas de paños en el siglo XIX

Ricardo de Montis, afamado periodista de finales del siglo XIX y principios del XX, dejó recogidas crónicas costumbristas del siglo XIX. ¿Cómo era la industria de la fábrica de paños a mitad del siglo XIX?

 

Entre las varias importantes industrias que fomentaron la vida de Córdoba y han desaparecido figura la fabricación de paños.

En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX dicha industria alcanzó gran desarrollo y sus productos constituyeron una considerable riqueza a nuestra población. Ésta llegó a contar con seis fábricas de paños que abastecían a casi toda Andalucía y proporcionaban trabajo a varios centenares de obreros.

La más antigua y de mayor importancia hallábase en la carrera de la Fuensantilla y fue montada por don Francisco Miró. Otra que llego a tener casi tanto nombre como la anterior era la de Regina, perteneciente a don Antonio Vasconi. En la calle de San Francisco había otra, más modesta, de don Bonifacio Gallego.

En la Casa llamada del Santo Dios, que estaba detrás de la iglesia parroquial, hoy derruida, de San Nicolas de la Axerquia, en el Paseo de la Ribera, estableció otra don José Lucas. Y finalmente, en Santiago, fueron instalados dos, una en la Puerta de Baeza, por don Francisco Ramos, y otra en la calle llamada de las siete revueltas, por don Rafael Blancas.

Algunas de estas cambiaron varias veces de dueño.

La situada en la carrera de la Fuensantilla adquirió la un industrial valenciano, don Francisco Llácer, te digo gran impulso a su industria y se dedicó a ella durante muchos años.

Por cierto el contrato de venta de esta fábrica estuvo a punto de deshacerse por una causa nimia; habían convenido las partes contratantes que se incluyera en el una jaca que poseía el primitivo dueño; el día en que debía se firmar la escritura, a un hijo del comprador se le antojo salir a pasear en la jaca; llegó el vendedor, noto la falta de la caballería y al saber que había dispuesto de ella quien todavía no era su propietario, monto en cólera y juro que, como pudiese anularía la venta.

A las 12 de la mañana debía ser firmada la escritura. media hora antes llegó el dueño de la fábrica al despacho del escribano; el reloj oficial marco las 12 y, al oír su última campanada, el vendedor dijo que el convenio que daba nublado, por no haber comparecido la otra parte contratante, que llego cinco minutos después.

Amigos íntimos de ambos tuvieron que interponer toda su influencia para que el enojado propietario de pusiera quilla injustificada actitud.

No fue solo la fabricante dicho a la que pasó a poder de industriales valencianos, y en todas las enumeradas, aunque la mayoría de los obreros era de córdoba, los principales, los encargados de la dirección de los talleres, procedían de Valencia que, en la industria a que nos referimos, estaba entonces a la cabeza de todas las poblaciones de España, incluso las de Cataluña.

En estas fábricas, quizá, los cordobeses empezaron a poder apreciar los progresos de una nación hoy destruida, Bélgica.

Las máquinas más perfectas, las que revelaban mayores adelantos, adquirían las nuestros industriales en aquel país, digno de mejor suerte.

En nuestra ciudad no se confeccionaban paños finos, de los llamados de lujo, sino los corrientes que utilizaba el pueblo de aquí procedían aquellos paños pardos, recios, que no se podían atravesar de un balazo, destinados a las capas de los hombres del campo, prenda indispensable para los mocos en el acto de comprar matrimonio, y qué pasaba, intacta, de padres a hijos y hasta de unas a otras generaciones.

En Córdoba se fabricaban los capotes de monte que llegaron obtener renombre en toda España, pues lo mismo resguardaban del frío que servían del hecho de impermeable a prueba de los más fuertes chaparrones.

La duración de nuestros paños eran verdaderamente extraordinaria; todavía y viejos campesinos que conservan zahones y chaquetones de coderas hechas con las telas indicadas y chat y de los talleres de Regina o de la fuensantilla proceden los hábitos de muchos ermitaños del desierto de belén.

Como ya hemos dicho, los productos de tal industria tenían buenos mercados, no sólo en casi toda Andalucía, sino en otras regiones de España.

Y los pañeros cordobeses, a semejanza de los valencianos, recorrió las principales ferias para extender la mercancía, haciendo, por regla general, el mayor negocio en la de baena, a la que acuden innumerables personas de todos los pueblos próximos para proveerse de paño y calzado.

Por eso la amplia calle de la calzada, donde se establecen los puestos, está invadida, casi totalmente, por los pañeros, que ambos lados de la cera forman enormes pilas de paños, y por los zapateros que adornan las fachadas de las casas con interminables hileras de zapatos y botas, pendientes de largas cuerdas.

En el último tercio del siglo XIX la competencia que a los paños, en general, hicieron las telas de algodón y lana, y especialmente a los productos de nuestra industria los de la catalana y a dónde la extranjera, fue causa de que desapareciesen todas las fábricas que al comienzo de estas notas citamos; Transformó se los edificios ocupados por la mayoría de ellas y solo quedaron con sus chimeneas y talleres medio derruidos, telares y maquinaria destrozados, las dos más importantes, la de la Fuensantilla y de Regina, como mudos recuerdos de un elemento de vida, de una fuente de riqueza de córdoba, que desapareció para siempre, lo mismo que otras muchas.

Entre los operarios de tales fábricas, hubo uno, valenciano, que consiguió gran popularidad: Antonet; aquel poeta, cantante y músico, que improvisaba coplas siempre de actualidad y no exentas de ingenio y gracia, y, al compás de la guitarra, entonaba las en calles y paseos a cambio de una limosna de su auditorio, disfrazando así al mendigo con la máscara del artista.

De los antiguos pañeros cordobeses quizás solo quede uno, casares, un anciano de 80 años, tan desventurado como Antonet, que ya solo anhelo leche y un puesto en la mesa del asilo y no lo grabé realizaba su postrera y triste aspiración.

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